Del T-MEC y de cómo México aprendió a domar a Trump

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Este 2018 fue un año de incertidumbre para México. Una de sus mayores dudas -y preocupaciones- fue la posible cancelación del mayor acuerdo comercial que tiene con el mundo: el TLCAN (ahora T-MEC).

El trato comercial con Estados Unidos y Canadá, principales socios de México a nivel internacional, mostraba un futuro poco claro. Estados Unidos, representado por Donald Trump, auguró una salida del acuerdo por considerarlo “injusto” para los intereses de la nación.

Ante ello, sectores como el automotor, textil y agropecuario, que son clave en la relación comercial entre los tres países, se vieron en riesgo por la posibilidad de tener que operar en un escenario sin tratado comercial.

Pero México tenía una estrategia. El interés de Canadá por mantener la alianza aún estaba presente y Estados Unidos era consciente del impacto negativo que le generaría cerrar filas de libre comercio con sus vecinos, lo cual daba pauta para que la República Mexicana solo hiciera una cosa: esperar.

“No íbamos a apresurarnos a cerrar el acuerdo. Estados Unidos pensaba que nos urgía concluir negociaciones antes de las elecciones del 1 de julio; pero esperar un poco más hizo conciencia de la importancia del acuerdo, pintando un escenario más favorable”, menciona Kenneth Smith Ramos, jefe de negociaciones de México en el proceso de reestructuración del tratado.

La espera hizo que Trump suavizara su discurso y que se diera así una igualdad de condiciones: a mitad del año, los tres países ya estaban convencidos de querer continuar con el tratado; no obstante, la nueva meta era definir que fuera trilateral y que no presentara amenazas para las economías de ninguna de las naciones participantes:

“Estados Unidos llegó con la visión de resarcir un supuesto daño. Ellos plantearon sus prioridades y nosotros las nuestras. Evitamos tener retrocesos en todo momento, y al final del día logramos quitar las propuestas más radicales”.

Las demandas de México

Para México, el contexto en el nuevo acuerdo era muy diferente al de hace 26 años (1992) cuando firmó el TLCAN con sus vecinos del norte. En esta ocasión, contaba ya con una política de 12 tratados comerciales con 46 países, entre los cuales el mercado transpacífico (que incluye países como Australia, Canadá, Chile y Japón) y los nuevos socios en Asia y Europa abrieron nuevas posibilidades para el comercio.

De esta forma, el equipo mexicano comandado por Smith Ramos llegó a la mesa de negociación con cuatro peticiones muy claras para EUA y Canadá: favorecer la competitividad trilateral, modernizar el acuerdo con nuevas plataformas, hacerlo más incluyente para lograr la entrada de más tipos de negocios (incluyendo a las pymes mexicanas) y preservar su certidumbre jurídica:

“Buscamos fortalecer la internacionalización de las pequeñas y medianas empresas; era fundamental insertar un capítulo que las incluyera por el peso que tienen sobre nuestra economía”.

Oportunidades para sectores clave

De acuerdo con el especialista, uno de los logros más importantes del nuevo T-MEC fue el eliminar las propuestas de restringir el comercio en las industrias textil, agropecuaria, de transporte de carga y, principalmente, automotriz (esta última representa más del 20 por ciento del PIB manufacturero en México y alrededor del 30 por ciento de las exportaciones totales).

Entre las ventajas a las que podrá acceder el mercado automotor nacional están la exención de aranceles por acero y aluminio de Estados Unidos y Canadá -que sí serán aplicados en otras partes del mundo-, el crecimiento del contenido regional -que irá del 62.5 al 75 por ciento para 2023- y, por consiguiente, una mejora en salarios e inversiones:

“Permitirá más empleos en el sector exportador, donde hay salarios 40 por ciento más altos que la media. Los procesos de manufactura avanzada también ayudarán a que los salarios de los sectores productivos vayan al alza”.

¿Qué retos vienen?

El T-MEC tendrá una vigencia de 16 años con revisiones periódicas cada seis. A partir de cada revisión, podrá determinarse si hay aspectos por modificar; y si se realizan cambios, otros 16 años comienzan a contar, lo que concede a este tratado una fecha de término indefinida y sin posible caducidad, aspecto que según Smith Ramos “da certidumbre para seguir captando inversiones y fortalecer la economía”.

“Nos enfocamos en la negociación y eso fue muy importante. No nos dejamos llevar por temas externos o declaraciones ni íbamos a dejar que los calendarios políticos dictaran la velocidad con la que cerraríamos el acuerdo […] Hay que ver en dónde estábamos parados hace unos meses y lo que se logró el día de hoy. Tenemos un acuerdo que vio por las prioridades de nuestro país…”.

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