La fealdad solo existe en tu mente

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La fealdad solo existe en tu mente

“Feo” es un adjetivo que ha cambiado mucho a lo largo de los siglos. Sus mutaciones, lejos de ser un tema de discusión banal, evidencian intrincadas dinámicas de poder. Ofrecemos a continuación una breve historia de la fealdad.

Don Quijote construye muchas veces una realidad alternativa, en la que él hace de esforzado héroe. Posee, sin embargo, la lucidez suficiente para evitar la tentación de creerse un hombre guapo. Tampoco se le escapa que no es deforme. Y eso, a su juicio, basta para que una persona sea querida, siempre que tenga cualidades en su interior. De esta manera, el hidalgo manchego establece que una persona necesita alcanzar un mínimo de belleza física. De lo contrario, no podría ganar la estima de su congéneres aunque por dentro le sobren las virtudes.

Del comentario de don Alonso Quijano se desprende una moraleja clara: un cuerpo “feo” no despierta simpatía. Salirse de las normas estéticas implica, por tanto, una sanción social. Tal vez porque la gente, de forma inconsciente o no, establece una correlación entre belleza física y belleza interna. Quien tiene la primera cuenta con la segunda. ¿Exageramos? Wikipedia nos dice, acerca de September Jones, la villana en la película Death Race 2, que es bella pero despiadada. Como si hubiera contradicción. William Hay, diputado inglés en el siglo XVIII, sonreiría con tristeza. Era jorobado y sintió la necesidad de explicar que un cuerpo torcido no implica un alma torcida.

La mexicana Julia Pastrana (1834-1860), publicitada como “la mujer más fea del mundo”.

Se dice que la belleza no es una cualidad objetiva de las cosas sino que está en los ojos del que mira. Eso mismo puede aplicarse a su opuesta. ¿Qué es lo que hace que una sociedad establezca unos criterios, y no otros, para decidir qué es lo desagradable a la vista, al olfato, al tacto, al gusto, al oído…? En Fealdad (Turner, 2018) Gretchen E.Henderson, profesora de literatura inglesa de la Universidad de Georgetown, nos propone un recorrido por la historia de la cultura para mostrarnos el concepto cambiante de lo “feo”, adjetivo que se utilizó antiguamente para describir los mismos lienzos impresionistas que hoy nos parece obras maestras. Algo similar sucedió con la música rock o con el célebre urinario de Duchamp.

Detengámonos a pensar un poco… ¿De verdad la belleza y la fealdad son contrarias? La frontera entre ambas parece ser, a la luz de la Historia, bastante permeable. Las chinas que lisiaban sus pies, hasta convertirse en inválidas, lo hacían por motivos estéticos, pero en la actualidad no encontraríamos nada hermoso en esa práctica. Algo similar sucede con los corsés, que tanto hicieron sufrir a tantas aspirantes de poseer una cintura de avispa. ¿Dónde acaba la belleza y empieza la deformidad?

Para los antiguos griegos, el “feo” era una criatura que merecía ser ridiculizada. Hefesto, el dios cojo, surge como una figura patética y antipática. En la Odisea, el cíclope Polifemo aparece asociado con la crueldad y otros rasgos poco recomendables. Más tarde, en la Edad Media, la anomalía física seguía suscitando miedo. Un tratado médico del siglo XIII aseguraba que una mujer daría a luz a un hijo deforme si durante el embarazo veía un animal feo; podía bastar, incluso, con presenciar su imagen.

Estos casos evidencian que decidir lo que es o no estético, lejos de ser un tema de discusión inofensivo, tiene que ver con el poder y quienes lo detentan. Ellos pueden permitirse atribuir deformidades a determinados grupos en función de factores como su raza, su género, su clase social o su religión. La anomalía se transforma así en sinónimo de barbarie o enfermedad. En el siglo XVIII, el filósofo Lavater escribía que el vicio afea al ser humano mientras la virtud lo embellece. En la misma centuria, otro pensador, Wincklelmann, aseguraba que “un cuerpo bello lo será todavía más cuanto más blanco sea”. Más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses representaron a sus enemigos japoneses como brutales gorilas. La “otredad” y la animalización suelen ir de la mano, porque la diferencia ajena nos permite cuestionar la humanidad de los demás.

Una canción de Los Sírex, el famoso grupo español de los sesenta, dice “qué se mueran los feos”. En la Antigüedad clásica, los espartanos se tomaron este mandato al pie de la letra al matar a sus hijos con malformaciones, aunque parece que esta costumbre no estaba tan extendida como se suele suponer. En Estados Unidos no se llegó tan lejos pero, hacía 1880, surgieron diversas ordenanzas que prohibían a determinados individuos, no demasiado agraciados según los cánones vigentes, mostrarse en público.

Por esos mismos tiempos, Francia consideraba que la fealdad justificaba la exclusión del servicio militar obligatorio. Porque unos rasgos repelentes en exceso arrebatan al hombre la autoridad sobre sus compañeros. ¡Y qué sería del ejército sin disciplina! El estallido de la Primera Guerra Mundial obligó a repensar estos prejuicios con la irrupción de los denominados “carirrotos”, aquellos hombres que en combate habían sufrido heridas especialmente espantosas, como la pérdida de la nariz. Su presencia se reveló ambigua puesto que tanto podía servir para denunciar el disparate del belicismo como para hacer apologías nacionalistas. El suyo constituía un caso extremo de valor y de entrega la patria.

Se interpretara como se interpretara, el caso de los carirrotos poseía una dimensión moral y ejemplarizante. En otros contextos, en cambio, la fealdad se convierte en puro espectáculo. ¿Por el imperio de los media y la telerrealidad? Ya en tiempos de los romanos, a ciertos esclavos se les metía en jaulas para detener su crecimiento y convertirlos en objetos curiosos. Durante la época victoriana, ciertas personas que sufrían deformidades físicas acabaron convertidas en atracciones de feria. Eso fue lo que le sucedió a la mexicana Julia Pastrana (1834-1860), publicitada como “la mujer más fea del mundo”. Como sufría un desarrollo anormal del vello, el hirsutismo, muchos creyeron que era un híbrido de ser humano y animal. ¿No sería que ellos eran, en realidad, los feos? Cuando nos formulamos esta pregunta, cuestionamos los dogmas hegemónicos sobre lo hermoso, tal como hacía el cantante Frank Zappa al afirmar que la parte más fea del cuerpo humano es la mente.

La fealdad puede ser un estigma, también algo de lo que uno se apropia para convertir lo negativo en positivo. La comercialización de “muñecos feos” (uglydolls), o las fiestas de feos en Italia (festa dei brutti), apuntan hacia una subversión de principios comúnmente aceptados. El sujeto se libera así de la tiranía de cierta estética, construida como un instrumento de control social y de producción de desigualdades. La pregunta sobre lo que es feo y lo que no adquiere así dimensiones insospechadas. Cuando uno sabe que los estadounidenses, cada año, gastan más de 12 mil millones en dólares en cirugía estética, empieza a reflexionar sobre si la belleza ha de pasar por este camino individualista o por la solidaridad con los demás seres humanos.

Francisco Martínez Hoyos

Historiador. Autor de Breve historia de Hernán Cortés, Los españoles iban de gris y Kennedy, entre otro libros.

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