La Gran Fundición de Aguascalientes

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Por Alejandro Basáñez Loyola, autor de las novelas históricas: México en llamas; México desgarrado; México cristero; Tiaztlán, el fin del Imperio Azteca; Santa Anna y el México perdido; Ayatli, la rebelión chichimeca; Juárez ante la Iglesia y el Imperio

Nos encontramos en Aguascalientes, es el año de 1900. Vamos viajando dentro de una elegante diligencia que va tirada por dos briosos caballos, uno negro y otro blanco. Nos detenemos en el camino terroso para contemplar la entrada de una enorme fábrica que arroja por una de sus dos altas chimeneas una larga y espesa estela de humo negro, la cual se esparce poco a poco en el grisáceo cielo hidrocálido. En la puerta de la fábrica, bajo un grueso arco de piedra entre dos castillos de diez metros de alto, con los símbolos astronómicos de los planetas Venus y Tierra, se ve un letrero entre dos símbolos de dos martillos cruzados que dice: LA GRAN FUNDICIÓN CENTRAL MEXICANA.

A unos cientos de metros de la construcción, en la bajada de la loma, se ve correr el río San Pedro, de cuyas aguas la fundidora bombea enormes cantidades para abastecer a las máquinas.

El dueño de esta industria, establecida en lo que alguna vez fue Rancho El Sillero, propiedad de don Teodoro Valdez, es el señor Salomón Guggenheim. En amena charla con don Salomón, nos presume que esta fundidora es la más moderna del mundo porque es la primera en usar electricidad para la fundición de metales. Nos dice que el gobierno le concedió un permiso para utilizar gratis toda el agua del río que necesite, y si esta no fuera suficiente, podría hasta expropiar la de los terrenos vecinos. La industria ferrocarrilera demanda muchos metales, y que mejor que el estar cerca de la Perla Ferroviaria de México.

Los minerales para la operación de los hornos provienen de Tepezalá, Palo Alto y Asientos. La fábrica cuenta con una vía ferroviaria que la conecta con la ciudad de Aguascalientes, a unos tres kilómetros de ahí. Por esta vía le llegan embarques de Zacatecas, Durango, Jalisco, Michoacán y Chontalpán, Guerrero, a 603 kilómetros de Aguascalientes.

La Gran Fundición Central Mexicana tiene dos turnos y en ella trabajan mil quinientos obreros de seis de la mañana a seis de la tarde o de seis de la tarde a seis de la mañana. Sus modernas instalaciones cuentan con teléfono y telégrafo para estar en contacto con otras ciudades de la República Mexicana.

La situación económica del gobierno de Porfirio Díaz, más las ideas revolucionarias de los hermanos Flores Magón y Francisco I. Madero, conducirían a dos huelgas de los trabajadores en 1903 y 1909; esta última heriría gravemente a la fundidora. Un año después, comenzaría la Revolución Mexicana, de la que apenas saldría a flote.

En 1924, después de haber sorteado la debacle financiera que trajo el levantamiento armado durante una década, la Gran Fundición Central Mexicana contaría con siete hornos para cobre y dos para plomo, en los cuales podía fundir hasta 1,600 toneladas diarias de mineral. A pesar de estos engañosos números, rara vez trabajaría a su máxima capacidad, quizá por el alto costo de los fletes, la escasez de mineral que trajo la Revolución Mexicana en el norte del país o por las escandalosas huelgas de los trabajadores. El hecho es que para 1925, la fundidora anunciaría su traslado a San Luis Potosí, donde entraría en una peor crisis que la llevaría a su venta.

En 1927, dos años después de llegar a San Luis Potosí, Salomón Guggenheim vendería la fábrica y se estrenaría como coleccionista de arte americano. Producto de su buena gestión de las minas de cobre y plata, se convertiría en uno de los hombres más ricos de México. Ese mismo año, se casaría con la baronesa Hilla Rebay von Ehrenwiesen, con quien fundaría varios museos en el mundo y la Fundación Salomón R. Guggenheim en 1937.

De aquella loma en Aguascalientes, de donde emergían siete gigantescas chimeneas de entre una nube gris, hoy en día solo sobrevive un horno de ladrillo refractario, el cual luce como un objeto fuera de lugar en la esquina de Segundo Anillo y el Camino a San Ignacio.

Es difícil de creer que donde actualmente se pueden ver películas en amplias salas de cine, un siglo atrás había un cerro inmundo contaminado de residuos tóxicos y grasa quemada de los minerales procesados. Sobre aquella contaminada loma con dificultad crecía algo. Parecía un cerro donde recientemente había sucedido una erupción volcánica. Era uno de los sitios más contaminados de las afueras de Aguascalientes, que pronto expandiría su crecimiento hasta rodear toda esa zona y dar nacimiento a los fraccionamientos la Fundición, los Sauces, parte de las Brisas y San Cayetano, así como al contaminado Cerro de la Grasa, todos ellos surgidos de 1972 a 1980.

Si se observa con cuidado los alrededores, aún se puede apreciar uno que otro manchón negro sobre las áreas verdes; una roca que parece más un meteorito negro venido del espacio; unos rieles semienterrados, que tratan de emerger del pavimento como serpientes vengadoras; un gigantesco horno que parece una licuadora roja sin su vaso, una reliquia con grafitis que se resiste a sucumbir al paso del tiempo.

Cuidemos nuestras ruinas, nuestra historia y todo aquello que nos recuerde que hubo alguna vez gente como nosotros tratando de sobrevivir el día a día con los recursos de su tiempo.

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