Manuel Silva Acevedo escribe sobre Paisaje de tres gritos de Marco Fonz

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Manuel Silva Acevedo escribe sobre Paisaje de tres gritos de Marco Fonz

Gritar desde los márgenes Todos hemos contemplado alguna vez con la piel erizada el famoso cuadro del expresionista noruego Edwar Munch, “El grito”, donde una figura humana despavorida abre la boca desmesuradamente para lanzar un larido en medio de un puente tendido sobre el marasmo de una realidad turbulenta y amenazante. Pero ¿qué es un grito? ¿por qué se grita? ¿a quién se grita? Según el diccionario de la RAE, el grito es la manifestación vehemente de un sentimiento que expresa la queja de un dolor agudo e incesante o la petición de algo cuya falta se vuelve insoportable. ¿Qué es entonces lo que grita Paisaje de tres gritos de Marco Fonz? En primer término, en el “Paisaje del primer grito” se rinde tributo a Jacobo Fijman, poeta ruso-argentino cuya marginalidad acérrima lo empujó a un hospicio psiquiátrico en el que finalmente murió, sin que hasta hoy las letras argentinas le reconozcan un lugar no obstante haber pertenecido a una promoción de escritores tales como Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Jorge Luis Borges. A su vez, el “Paisaje del segundo grito” está expresamente dedicado a Leopoldo María Panero, poeta español que constituye todo un caso en la historiografía literaria de su país. Panero, que es poseedor de una vasta cultura, vive recluido en un sanatorio para enfermos mentales y desde allí produce libros de poemas, narrativa y ensayos ampliamente difundidos y apreciados. El tercer grito está dedicado al poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory y a su esposa Laura Lacheroy de Ory. Carlos Edmundo de Ory es un poeta de oculto y también de culto que en los años cuarenta fundó el postismo, movimiento marginal cuyo nombre es a contracción de postsurrealismo. ¿Estamos acaso ante un elogio de la marginalidad o más bien esta es considerada aquí como una frontera desde la cual el artista puede denunciar y desconstruir el “orden establecido” bajo el imperio de la razón fría y eficiente? Tal vez el próposito de este conjunto de poemas sea tan sólo el de delimitar por medio de la palabra poética un territorio fronterizo donde el artista, el joven poeta, pueda existir en plena libertad, sin sujeción alguna a una moral o a unas reglas que huelen a podrido, aun al precio de su soledad y autodestrucción. No en vano, Marco Fonz hace dialogar a Panero con Isidore. Ducasse, muerto a los veinticuatro años, enfermo y abandonado, que bajo el pseudónimo de Conde de Lautréamont publicó en 1868, en París, los célebres Cantos de Maldoror, que fueron en su tiempo y siguen siendo una bofetada a las “buenas conciencias”. Desde esta perspectiva marginal, de los bordes, el autor traza una suerte de epopeya del joven poeta enfrentado a las contradicciones feroces de un mundo dominado por gélidos dictámenes finacieros y constreñido por un orden moral la mayoría de las veces tartufesco y farisaico: “No vive la moral en los poetas/ y si la hubiera/ sería una mala leche/ que habría que escupir.” El poeta entonces decide intentar desatar el nudo que atenaza la existencia humana: “Comencé a leer el libro de la vida/ cuando a mitad del libro,/ páginas adelante,/ pequeñas moscas escapaban”. De ahí que proponga : “Escribir otra vez el libro de la tierra/ el libro de hueso/ el libro del relámpago/ el libro del consejo/ el libro de la sangre.” Tal parece se la ambiciosa aspiración de estos poemas que recurren al grito para hacerse escuchar. Es decir, reescribir la historia humana desde las raíces mismas, para poder recuperar la cordura y la lozanía juvenil que un mundo apoyado únicamente en la razón fría y utilitaria ha terminado por extraviar. ¿A caso los poetas, los vates, los guardianes del mito, no deberían se los centinelas que alerten al género humano sobre el peligro de llevar la vida por caminos sin corazón? Sí, pero la realidad suele ser otra… “Los viejos poetas con verrugas en el ego/ ¿con qué papel se limpian?/ ¿en qué papel escriben?” El joven poeta comprende entonces que primero es preciso despertar del letargo de la autocomplacencia: “Desde donde duermo soy/ responsable del árbol de los sueños/ aunque no lo vea/ aunque sólo escuche/ su feroz imagen/ dando para mí/ dolor que duermo”. En esta empresa sobrehumana, el joven poeta no se llama a engaño. Sabe que carece de las fuerzas necesarias para cambiar el orden de las cosas y se siente torpe e impotente, digno de burla y escarnio: “Alguien cortó mis mangas de camisa/ alguien zurció el cuello de mi suéter/ alguien llenó de garbanzos mis zapatos”… “No encuentro en ningún mapa la voz/ del joven poeta…”. No obstante, con tono visionario, este texto sobresaliente -que es todo un arte poética- entrega las claves de un nuevo canto capaz de refundas el mundo: “El mundo truena cuando gira/ hay que tener oído para eso/ hay que tener oído para todo./ El crecer del pasto salvaje/ el aletear de la domesticada aurora/ el acento grave de las nubes/ el suave respirar del inconsciente/ hay que tener oído para eso/ hay que tener oído para todo./ La ventanas gritan cuando solas/ el terraplén canta cuando llueve/ la situación bosteza cuando cansa/ y las estatuas sus inviernos lloran/ hay que tener oído para eso/ hay que tener oído para todo.” “Hay que tener oído para todo”, parece gritarnos a la cara estos versos notables y no es poco lo que exigen. Para terminar, diré que Paisaje de tres gritos me parece la epopeya del joven poeta que lucha a grito desnudo y solo con las armas de la palabra por encontrar un lugar en el mundo que no entrañe un acto de sumisión o hipocresía, a sabiendas de que ello le granjeará como a Ducasse, a Fijman, a Panero y a Ory ser empujado hasta los márgenes. Manuel Silva Acevedo Santiago de Chile, julio de 2005

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