Poesía / Los Hombres del Alba – Efraín Huerta

Los Hombres del Alba - Efraín Huerta
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Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.

Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido
o una simple manzana luminosa
o un frasco con saliva y alcohol
o el murmullo de la una de la mañana
o un corazón como cualquiera otro.

Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes:
los más puros.

Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. Al fin la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar,
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.

Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se resuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.

Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.

Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.

Efraín Huerta. Los Hombres del Alba.

Los Hombres del Alba - Poema - Efraín Huerta


Emiliano Delgadillo Martínez
De cómo el alba llegó a Valencia
Confabulario

Mientras se formaba el triple número de la revista Nueva Cultura, a principios de agosto de 1937, Octavio Paz leyó su “Noticia de la poesía mexicana contemporánea” (publicada en el tomo XIII de sus Obras completas) en el Ateneo Popular de Valencia (o Casa de la Cultura). Al final, Paz dijo: “Los poemas que voy a leer a continuación representan la evolución poética de mi generación; en ellos, con las inevitables limitaciones de mi voz, podéis contemplar el proceso de la juventud que nace a la vida de mi país”. En realidad no sabemos qué poemas leyó Octavio Paz pero quiero pensar que uno de ellos fue, en definitiva, “Los hombres del alba”, como fiel ejemplo de lo que había explicado allí mismo en su “Noticia”: “Si la generación anterior a la nuestra pretendió y obtuvo un hombre desdichada y cruelmente fragmentado, roto, nosotros anhelamos un hombre que, de su propia ceniza, revolucionariamente, de su propia angustia, renazca cada día más vivo, más iluminadamente angustiado”. Así lo leemos en el poema de Huerta: “Sé que ellos construyen con sus huesos / un sereno monumento a la angustia”.

Continúa Paz su reflexión: “Pretendemos plantear, poéticamente, es decir humanamente, con todas sus consecuencias, el drama del hombre de hoy, ignorantes si ese drama es el mismo de hace siglos, pero seguros del sentido salvador de ese drama, seguros de nuestra fidelidad al destino, a nuestro destino”. Este es el corazón de la idea de “Los hombres del alba”, en donde los hombres de hoy son retratados en el seno de su tragedia:

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,

en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,

estos hombres tatuados: ojos como diamantes,

bruscas bocas de odio más insomnio,

algunas rosas o azucenas en las manos

y una desesperante ráfaga de sudor…

pero iluminados siempre por el mito auroral: el nuevo día en que la tragedia deje de ser tragedia por el curso “natural” de la historia. Para Efraín Huerta, como para Paz, los hombres de hoy renacerán y se levantarán como los hombres del mañana porque:

Ellos hablan del día. Del día,

que no les pertenece, en que no se pertenecen,

en que son más esclavos; del día,

en que no hay más camino

que un prolongado silencio

o una definitiva rebelión.

Que el poema “Los hombres del alba” se haya publicado en Nueva Cultura es más que significativo, tanto por el desconocido lazo entre el poema y la península en guerra, como por el sincero mensaje de admiración y de solidaridad que recibieron los poetas de “la España leal”, para decirlo con Paz, muchos de los cuales, todavía sin saberlo, iban a ser colaboradores de Taller. ¿Alguien habrá celebrado el poema? ¿Alguien lo habrá repetido en el frente? Si alguno de los mencionados por Huerta en su estridente poema “La traición general” llegó a leer “Los hombres del alba” debió de darse cuenta de que ese “joven poeta mexicano”, verdaderamente desconocido para ellos, no sólo los tenía presentes, sino que los conocía y los admiraba, pues Huerta había leído apasionadamente sus publicaciones: Octubre, Hoja literaria, Caballo Verde para la Poesía, Hora de España:

Alberti, Pla y Beltrán, Manuel Altolaguirre,

Gil-Albert, Rosa Chacel, Raúl González Tuñón,

Serrano Plaja y otros notifican al mundo

que la sangre es autora de las albas perfectas.

(“La traición general”)

Los versos de “Los hombres del alba” están hermanados con los de la poesía de este grupo, no sólo porque para entonces Huerta ya tenía parcialmente leída la obra de los poetas mencionados, sino porque junto con ellos Huerta confluía en la estética de la experiencia poética. Todos ellos debieron de leer como sentido homenaje a Raúl González Tuñón el último verso de “Los hombres del alba”: “y el corazón blindado”.

Efraín Huerta. Los Hombres del Alba.

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